Aquella noche había bebido mucho, más
de a lo que estoy acostumbrado, por lo que me deje llevar por el
alcohol y me fui con una chica de ojos esmeralda, pelo negro y tez blanca, que me había estado
seduciendo todo el tiempo y me invitó a su casa. No se como fui
capaz de conducir hasta su casa, pero fue una temeridad. Después de
darnos el lote en el coche entré en su casa, sinceramente no sabía
que me metía en la boca del lobo.
Una vez dentro, mientras nos besábamos
como dos jóvenes desenfrenados, subimos las escaleras a trompicones
hasta el piso de arriba. Me llevó a su cuarto y dentro nos tendimos
en la cama. Comenzamos a desnudarnos hasta quedarnos en ropa
interior. Luego cogió mis manos y me las esposó a la cama, la
verdad es que como estaba tan bebido y por la excitación no puse
oposición. El
deseo carnal comenzaba a crecer demasiado entre nosotros y se nos iba de las manos, perdiendo
todo aquello que nos hacía humanos;y nos convertimos en animales que
buscaban el placer más deseado, dejándonos llevar por los
instintos.
Nunca olvidaré aquella noche, la noche
de mi muerte. Parece mentira que el deseo carnal nos ciegue tanto
hasta el punto de perder todos los principios. En los tres últimos días el
asesinato de tres hombres ocuparon las portadas de los periódicos,
no se había detenido aún al asesino; pero no se barajaba que fuera
una mujer. Yo sería la cuarta víctima. Cegado por el deseo carnal
no fui capaz de ver el arma blanca que la chica de los ojos
esmeraldas levantaba sobre mi pecho. Y en el momento del climax,
quede paralizado y su manos empuñando el arma bajaron a mi pecho y
atravesó mi corazón, solo unos segundos de dolor y después deje de
sentirme animal y por último deje de sentirme humano y vivo; y pasé
ha ser una víctima más, del deseo.

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