La
introducción de maquinaria en la industria fue acompañada por un
rechazo por parte de la mayoría de los obreros que veían como cada
día que pasaba su puesto de trabajo peligraba más y su sueldo
disminuía. Fue así como comenzó a tomar forma un movimiento que se
fue extendiendo entre los trabajadores, el cual sería conocido como
ludismo. Mi padre y mi hermano entraron a formar parte de este
movimiento y desearía que no lo hubieran hecho, porque desde
entonces mi vida se torno cruda.
Los
ludistas comenzaron a organizar revueltas como protesta, recuerdo que en una de ellas mi padre fue golpeado y llegó a casa con una
herida en la ceja. Sin embargo las revueltas no llegaban a ser
efectivas por los que estas te tornaron contra las
propias máquinas. Fue él primer sábado del mes de octubre de 1812
cuando mi padre y mi hermano partieron a la fábrica para la que
trabajaba juntos con otros hombres obreros también, entraron en la
fábrica y metieron fuego a las máquinas textiles. Lo ocurrido se
hizo eco en toda la ciudad, mi madre preocupada porque llegaban tarde
y ajena a todo me envió a buscar a mi padre y hermano, busque en los
bares de la zona, en casas de vecinos amigos y no había rastro de
ellos, me acerqué a la zona por donde se encontraba la fábrica y
comenzaron a llegarme noticias sobre lo ocurrido. Entonces escuche
algo que me hizo reaccionar y salir corriendo de vuelta a casa, una
mujer le contaba a su marido que los ludistas causantes del incendio
sería ejecutados a la mañana siguiente. Corrí a contárselo a
madre, quién casi muere del susto por lo débil que estaba, me mandó
ayudarla a levantarse y vestirse y juntas fuimos a la cárcel en
busca de un último adiós porque aunque ninguna de las dos dijimos
nada; sabíamos que para gente de nuestra condición no quedaba
segunda opción que atenerse al castigo impuesto por la justicia.
Nos
dejaron hablar con ellos unos minutos, mi madre se derrumbó y no
paró de llorar hasta que los policías nos sacaron de allí. Yo quise ser valiente sin embargo no pude aguantar y me abracé a mi
madre mientras esta me mesaba. Madre parecía haber envejecido veinte
años, el saber que iba a quedarse viuda y que madre e hija deberían
de sacrificarse para llevarse algo a la boca cada día no la ayudaba
a lidiar con su enfermedad. Con el gran esfuerzo de andar tanto
cuando sus piernas le dolían a rabiar y apenas daba dos pasos
seguidos, fuimos a la ejecución al día siguiente y entonces fue
cuando por primera vez sentía como se me rompía el corazón al ver
como los ojos que antes albergaban la vida la iban perdiendo poco a
poco y me miraban fijamente. Nunca en la vida olvidaré aquel
momento, aquellos ojos que me miraban diciendo <<véngate>>.
Madre
e hija volvieron a casa en silencio. Sin ninguna palabra más que las
de <<buenas noches querida>> es como la madre se despedía
de su hija hasta la mañana siguiente. Sin embargo aquel día había
acabado con toda la vitalidad que no le había quitado la enfermedad
a su madre y a la mañana siguiente cuando la niña fue a despertar a
su madre la noto fría, la zarandeó primero despacio, luego
violentamente y gritó. Las lágrimas recorrieron el surco de las
mejillas de la niña, salió a la calle a buscar a alguien pero
entonces tubo miedo pues por primera vez se encontraba sola ante el
mundo, con tan solo ocho años y con el reciente recuerdo de haber
perdido todo lo que más quería por no tener una mejor condición
social que habría hecho más amena la existencia a su madre y que su
padre y hermano no hubieran tenido que cometer un delito para
protestar en contra de lo poco que se le pagaba. Miró al cielo y vio
como las primeras nubes de hollín comenzaban a teñir el cielo, el
humo negro que había ahogado a su familia.

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