sábado, 8 de junio de 2013

Castillo de Nubes.

 Antes de ayer me encontraba en la cima de la montaña más alta, me creía el rey de mi propio mundo. Estaba tan alto que vivía ajeno a la realidad de los que vivían abajo, podía saborear el aire puro sin ningún tipo de malicia que se pudiera saborear en él; y día a día veía la luz de un nuevo Sol aparecer por el este. Pero ayer un viento sacudió violentamente ese ensueño y las nubes se tornaron grises, y de fondo se escuchaba un redoble de truenos que anunciaban la tormenta, caí con la lluvia y fui arrastrado por el río abajo, abajo, muy abajo, hasta el mar.

De repente me encontré en medio de la nada, rodeado de agua, toneladas de ella. Me sentí inseguro, porque mis pies no podían tocar tierra, solo fondo. Y me sumergí en aquella masa de agua no por voluntad propia sino más bien porque no tenía fuerzas para salir de ella, yo intentaba nadar hacia arriba, no quería sentir el frío de las profundidades. Aún así, me faltaron manos a la que agarrarme para resistir y no tuve fuerzas para salir a flote. Y en lo profundo de aquella oscuridad como boca de lobo, en aquel momento en el que me sentía desamparado era cuando me di cuenta que era más fuerte de lo que creía y que la única carta que te queda por jugar es luchar, nadar hacia arriba y volver así a sentir el aire rozar tu piel.

Hoy me encuentro de nuevo arriba, pero esta vez ya no vivo igual de seguro que antes de ayer, porque cada día que pasa aquí arriba tengo el miedo de volver a caer, porque siempre ocurre y esa es la vida; una constante de subidas y bajadas que no sabes cuanto pueden llegar a durar pero que el único del que depende cuanto permanezcas en ella es de ti. Si estás arriba haz lo posible para pisar suelo firme y ser más listo que el que sopla para derrumbar tu castillo de nubes; y si estás abajo lucha tu mismo por subir porque de ti depende llegar a lo más alto.

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