Antes de ayer me encontraba en la cima de la montaña más alta, me
creía el rey de mi propio mundo. Estaba tan alto que vivía ajeno a
la realidad de los que vivían abajo, podía saborear el aire puro
sin ningún tipo de malicia que se pudiera saborear en él; y día a
día veía la luz de un nuevo Sol aparecer por el este. Pero ayer un
viento sacudió violentamente ese ensueño y las nubes se tornaron
grises, y de fondo se escuchaba un redoble de truenos que anunciaban
la tormenta, caí con la lluvia y fui arrastrado por el río abajo,
abajo, muy abajo, hasta el mar.
De repente me encontré en medio de la nada, rodeado de agua,
toneladas de ella. Me sentí inseguro, porque mis pies no podían
tocar tierra, solo fondo. Y me sumergí en aquella masa de agua no
por voluntad propia sino más bien porque no tenía fuerzas para
salir de ella, yo intentaba nadar hacia arriba, no quería sentir el
frío de las profundidades. Aún así, me faltaron manos a la que
agarrarme para resistir y no tuve fuerzas para salir a flote. Y en lo
profundo de aquella oscuridad como boca de lobo, en aquel
momento en el que me sentía desamparado era cuando me di cuenta que
era más fuerte de lo que creía y que la única carta que te
queda por jugar es luchar, nadar hacia arriba y volver así a sentir el aire rozar tu piel.
Hoy me encuentro de nuevo arriba, pero esta vez ya no vivo igual de
seguro que antes de ayer, porque cada día que pasa aquí arriba
tengo el miedo de volver a caer, porque siempre ocurre y esa es la
vida; una constante de subidas y bajadas que no sabes cuanto pueden
llegar a durar pero que el único del que depende cuanto permanezcas
en ella es de ti. Si estás arriba haz lo posible para pisar suelo
firme y ser más listo que el que sopla para derrumbar tu castillo de
nubes; y si estás abajo lucha tu mismo por subir porque de ti depende llegar a lo más alto.

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