Nací en un barrio de Londres en 1804,
en los senos de una mediocre familia británica; entendiendose por
mediocre una familia en cuya casa entraba un salario mínimo que daba
para lo básico sin ningún lujo, aún así podíamos estar contentos
ya que podíamos comer en la mayoría de los casos así como calzar
unos zapatos y vestimentas. Viví mi infancia con la ignorancia de
una niña, sin saber cual era el calvario que padre y madre debían de pasar para poder alimentarnos a mí y a mi hermano mayor. Lloraba
y pataleaba cuando algún día faltaba la comida, me quejaba cuando
en invierno no podíamos calentarnos como otras familias que tenían
chimenea en casa, y por resumir un poco; achacaba todas las
desgracias que vivíamos por la pobreza a la ineptitud de mi padre por
no poder aspirar a algo más que ser un simple obrero. He de
reconocer que mi actitud cuando era niña, cuando yo me creía ajena
a todo y que mi vida sería muy distinta a la de mis padres; era
bastante egoísta e incrédula.
El tiempo paso y con el llegaron los
cambios. Los cielos de Londres se llenaron de nubes de hollín que
apenas dejaban pasar la luz del Sol y que producían cierta niebla
espeluznante. Numerosas sombras de chimeneas se alzaron amenazantes
sobre los hogares y Londres quedo absorbida por completo por lo que
se conocería en el resto del mundo como la primera revolución
industrial. Mi padre fue despedido de su antiguo trabajo y entró a
trabajar en la industria textil en la que pronto comenzarían a
introducirse los telares; máquinas que de algún modo técnico y que
escapaba a mi conocimiento era capaz de hacer el trabajo de varios
hombres en menos tiempo. Mi hermano mayor que se llevaba conmigo un
año, quien hasta por aquel se había dedicado a oficios de poca
duración y que reportaban pocas ganancias en casa, trabajó codo con
codo junto a mi padre. El motivo de ello fue la baja que sufrió mi
madre, quien tubo que dejar su trabajo ya que comenzó a tener
ciertas dolencias en varias partes del cuerpo, así que estando en
casa me enseñó varios de los oficios para los que estábamos echas la
mujeres según los hombres. Mi madre me enseñó dichos oficios con
el fin de que pronto pudiera trabajar, yo que tan solo tenía ocho años, edad con las que las niñas ricas pensaban únicamente en
muñecas y cuentos de hadas. Y es que el sueldo que recibía mi padre
y hermano por su trabajo se fue haciendo cada vez menor hasta llegar
al punto de considerarlo miserable respecto a las jornadas de
trabajos que podían alcanzar más de doce horas diarias, y como
madre no aportaba ninguna ganancia al hogar nos vimos obligados a
mudarnos a una vivienda mucho más reducida, con comodidades mínimas
y carentes de higiene, cerca de los malos humos de las fábricas.
Quizás esto último fue lo que hizo que las dolencias de mi madre
empeoraran de forma que se viera obligada a quedarse en la cama
muchos días, sus piernas pronto comenzaron a fallarles y su cabeza
empezó a desvariar.
El sueldo de los dos varones de la casa
no daba para más que para comer, con un mínimo de dos comidas al
día y algún que otros gastos fundamentales. Pero no llegaba para
poder pagar a un médico y que este pudiera ver a nuestra madre; y a
pesar de que esto pudiera ocurrir no teníamos el dinero suficiente
para comprar las medicinas que el estudiado recetaría Tampoco
teníamos ningún pariente que nos pudiera ayudar con ellos, ya que
ellos tenían los mismo problemas que nosotros y más bocas que
alimentar. Esto dio a pie a que padre decidiera que me quedara al
cuidado de madre y, que él y mi hermano de tan solo nueve años este
último; llevarán la casa a cuesta.

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