Era época de vendimia. Ese año la recogida de la vid se había
adelantado un par de semanas y empezó a principios de Marzo. El año
pasado, 1326, la cosecha fue bastante mala y mi familia una de los
mayores productores de vid de la comarca, perdió dinero; aún así
supimos salir adelante con los ahorros de años anteriores. Este año
se esperaba que la producción fuera más próspera, nuestro señor
también así lo quería ya que se trataba de uno de los mayores
productores e importadores de vino de toda la región de Siena.
Mi nombre es Dionisio, mi padre me lo puso en honor al dios del vino,
él decía que era una forma de darme un nombre relacionado con
aquello que a lo largo de varias generaciones familiares ha dado
de comer a mi padre, al padre de mi padre y así hasta el principio
de los tiempos. Soy el hijo menor de una familia prospera, esto me
permite en parte llevar a cabo mi verdadera profesión por la que yo
creo que nací. Desde pequeño mi padre nos había ido inculcando a
mí hermano y a mí todo lo relacionado con la recogida de la vid y
la elaboración del vino. Mi hermano, Francesco, cuatro años mayor
que yo; se había sentido siempre a gusto con la idea de seguir con
la profesión de padre, sin embargo yo había mostrado un maestría
para otra labor, la pintura. Mi padre se mostró reacio desde un
principio a tal actividad, necesitaría las manos de sus dos hijos
fuertes para mantener el negocio familiar para cuando el falleciera
decía; sin embargo no era el único motivo ya que un día lo escuché
hablar con madre diciendo que aquello que yo anhelaba no me llevaría
a ningún lado y que al poco tiempo volvería con menos dinero que con el que hubiera salido de casa.
A pesar de los esfuerzos de mi padre por quitarme aquella idea de la
cabeza yo había seguido practicando la pintura de pequeño y ahora
con diecinueve años conocía muchas de las técnicas empleadas por
pintores de oficio famosos en la región y los alrededores, todo esto
gracias a la gratitud de mi señor, el cuál era un gran amigo de mi
padre, quién me puso en manos de buenos artistas. Mi señor había
logrado convencer a mi padre de que no dejará en manos de la nada mi
talento y que al menos me comprara los utensilios necesarios para
pintar siempre que quisiera. Debo de decir que me sentí muy
agradecido con mi señor aquel día que me encargo mi primer cuadro,
era simple, estaba claro que quería ponerme a prueba y ver que tan
bueno era. El boceto fue sencillo, un bodegón con racimos de uvas,
una botella de vino y una copa, lo difícil fue jugar con los colores
y encontrar los tonos más apropiados, aquellos que dieran vida al
cuadro. No me pagó por el cuadro, a cambio me entregó la mayoría de
los materiales de pintura y me dijo que estaba bastante satisfecho.
Así fue como comenzó todo, pronto la noticia de que nuestro señor
me había encargado un lienzo y que había quedado maravillado con el resultado,se corrió por todo el pueblo. Los vecinos más ricos se
atrevieron a hacerme algún que otro sencillo pedido, y cuando vieron las obras acabadas decidieron de pedirme pinturas más complicadas; y yo
encantado acepte todos los pedidos que me hacían. Sin embargo debía
compaginar las horas de trabajos en las tierras con las horas
dedicadas a la pintura; mis ratos de descanso y las noches solía
dedicarlas a mi segundo oficio. Pronto me convertí en el mejor
pintor artístico de toda la comarca y para mi sorpresa a mis
dieciocho años me llego el encargo de pintar frescos en una de las
iglesias más importantes de Siena, fue un trabajo que me hizo feliz
y me llenó completamente y pude realizarlo sin ataduras aprovechando
la época de mala cosecha de año anterior.
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